El gol o la nada


Por Simón Klemperer

Palpitando el mundial de Brasil 2014, la sección "¡La hora, referí!" de Sudestada N° 126 de marzo


De patriotas...

Se viene el Mundial de Brasil. Es tiempo de empezar a pensar quién queremos que gane y quién queremos que pierda. Yo quiero que pierdan casi todos, salvo alguno que juegue bien, pero que todavía no sé cuál es. El fútbol bien jugado no se encuentra fácilmente. Sin embargo, somos pocos los mercenarios de la felicidad que elogiamos el equipo según su forma de juego. Somos pocos los desorientados del balón, los apátridas del gol, los nómadas de camiseta, que primero entramos a la cancha, observamos el paisaje, y después elegimos.

Sin embargo, de una u otra manera a casi todos les tocó un país. Uno chiquito aunque sea. Y así las cosas, tenerlo es sinónimo de quererlo. Y si alguno, desde chiquito, tiende a serle indiferente, le tienen preparado un hermoso entramado de instituciones totales que le enseñarán a querer y respetar a ese paisote más que a la mismísima madre. Les tenemos amor a los colores desde antes de que nos dejen ir solos al kiosco. No sabemos bien por qué, pero da lo mismo, la cosa es así y a cantarle a Gardel.

El fútbol es uno de los mundos donde mejor se expresa esa limitación del intento de pensar. En la mayoría de los casos, cuando se habla de fútbol, el fútbol da igual. El acto patriótico, la identificación general, se reproduce eterna y mecánicamente. Cuando somos nenes saludamos a la bandera sin cuestionarnos nada, haciendo caso omiso de los crímenes cometidos en su nombre, naturalizando la opresión, y vemos a nuestra selección sin importar el bodrio que se nos venga encima. No importa si nuestro equipo juega mal, pésimo, horrible, si es individualista, violento, ratón, mediocre, aburrido, si dependemos de un enanito veloz y no tenemos juego en equipo, ni alegría, ni sonrisas, ni amagues, ni bicicletas, ni taquitos, ni pases cortos, ni goles. No importa nada. Es el equipo que nos tocó y punto. Anulada la capacidad de elección.

A mí y a mis paisanos, mercenarios del placer, del caño, la bicicleta, el pase corto, el centro atrás y gol, lo que nos gusta del fútbol es el fútbol. Suena raro de tan obvio. Los paisanos buscan paisajes comunes. Los paisanos eligen a sus paisanos. Los patriotas no. Los patriotas tienen a sus compatriotas definidos. Los paisanos deciden su equipo por lo que pasa adentro de la cancha; los patriotas, por lo que pasa afuera, y así, así el fútbol pierde.

“Yo como argentino deseo que gane siempre el que juega mejor. Enclaustrarse en una nacionalidad o en una frontera es ser esclavo. Libre es el hombre universalista que así no ve apátridas. Siempre ve seres humanos y entre ellos puede escoger lo mejor sin mirar de dónde vienen”, decía Dante Panzeri.
A veces, es verdad, la mente va generando asociaciones que exceden el país y crea otras mayores, relacionadas con ideas y pensamientos. Nos vamos definiendo en cuanto argentinos, chipriotas, latinoamericanos, europeos, tercermundistas, católicos, escépticos, eclécticos, peronistas, comunistas, románticos, sadomasoquistas, etcétera.

... y paisanos

Cuando era más jovencito y más creyente, recuerdo, convertía cada partido en una pugna estratégica geopolítica de la cual dependía el fortalecimiento de mis creencias y el futuro del universo. El paradigma extrafutbolístico de ese pensamiento político al pedo era sentirse orgulloso de que Cuba fuera tercero en el medallero olímpico. Actualmente no dejo de practicar ese deporte ideológico-politicoso, pero sí he optado por no ver nunca más los Juegos Olímpicos.

Recuerdo la primera vez que tomé partido por un equipo en función de categorías ideológicas. Corría 1988, el Muro de Berlín no caía aún y la Perestroika no terminaba todavía con la Unión Soviética. Se jugaba la final de la Eurocopa entre Holanda y la URSS. Yo quería que ganara la URSS y en ese querer me jugaba mi identificación con esa parte del mundo. En el equipo holandés jugaban Rijkaard, Gullit y Van Basten. Lo hacían con una armonía que, hasta el actual Barcelona, pocas veces se volvió a ver; sin embargo yo prefería pensar políticamente y emocionarme con la camiseta roja, el CCCP blanco en el pecho y la hoz y el martillo al costadito. Holanda jugaba mejor y Gullit expresaba toda la alegría que, más adelante me daría cuenta, no podría haber expresado ni la URSS ni el comunismo soviético, ni la pindonga. Ganó Holanda y no disfruté, solo sufrí.

Pasaron diez años. Mundial de Francia 98, cuartos de final. Se enfrentaban Francia y Paraguay, iban empatados y jugaban tiempo extra. Gamarra con el brazo roto defendía el orgullo guaraní por cielo, mar y tierra. Se jugaba todo en esa cancha. La humildad contra la prepotencia. Los pobres contra los ricos. El bien contra el mal. Ganó Francia con gol de oro al minuto 114. El gol más triste de la historia. Llanto absoluto, inconsolable. Si el gol de Maradona a los ingleses fue el momento más feliz de la historia, ese gol francés fue el más triste. Nunca dejará de doler.

Cuatro años más tarde, Mundial de Corea y Japón, México estaba quedando eliminado contra Estados Unidos. Pocas imágenes más dolorosas que esa para el orgullo tercermundista. Corría el último minuto de partido, una pelota volaba por el aire cuando un jugador de cada equipo saltaba para cabecearla. El gringo saltó mirando la pelota. El mexicano no. El mexicano era Rafa Márquez, y desde el principio me percaté de lo que ahí estaba por suceder. Cuando la pelota bajaba a tres metros de altura y en dirección al suelo, Márquez comenzó a correr a lo lejos. El gringo se encontraba en el aire en busca del balón cuando el mexicano se despegó furioso del suelo, con total determinación, en busca del orgullo. Fue un salto gigante e interminable. Márquez volaba convencido, sabiendo que el partido estaba perdido y que la única venganza posible era la que estaba por cometer. Nunca miró la pelota. Miró exclusivamente la cabeza del pobre gringo a la cual impactó de lleno con la frente. Márquez cayó de pie y se fue de la cancha antes de que el árbitro alcanzara a sacar la tarjeta roja. El gringo no cayó como humano, cayó cual saco de balas arrojado por un avión del ejército de su país. Y fui feliz en ese momento, festejé ese crimen como si Estados Unidos hubiera devuelto el territorio robado cien años antes, y no me arrepiento de mi alegría.

Ese recuerdo, 16 años después, me sigue dando ganas de llorar. Todavía me gusta que pierdan los europeos, sin embargo, el escepticismo que me posee y me da oxígeno, se interrumpe cuando veo jugar bien a algún equipo. En ese momento, cuando alguien juega con alegría, con belleza, con ganas de meter goles, de divertirse, me vuelvo creyente, fundamentalista, desenfundo mi más irracional bielsismo, y me pongo la camiseta del que sea. Es en ese momento cuando encuentro a mis paisanos, que gritan los goles conmigo, y elimino a los patriotas, que defienden los colores al precio que sea.
La patria no existe si no hay gol, y si hay gol, no hay patria que valga. Galeano contaba sobre dos periodistas mexicanos que en 1992, en Yugoslavia, estaban en pleno fuego cruzado intentando entrar a Sarajevo, ciudad prohibida a la prensa internacional. Y cuando parecía que sí, resultó que no, que no llegaron a Sarajevo. Se encontraron rodeados por una multitud de metralletas y un oficial. El oficial, en algún idioma incomprensible, gritaba y se pasaba la mano por el pescuezo, como queriendo dar la orden final. Cuando los gatillos estaban a punto de sonar, “a los mexicanos se les ocurrió mostrar sus pasaportes y el rostro del oficial se iluminó”. El oficial cambió la cara y exclamó “¡México! ¡Hugo Sánchez!”, y dejó caer las armas. La muerte se transformó en abrazo. Aunque aquellas patrias lejanas no dejaron de provocar muerte hasta desaparecer.

La palabra México, contrario a lo que parece, no jugó un rol nacional, simplemente remitió a un futbolista mexicano que en ese momento metía todos los goles imaginables y los festejaba con volteretas en el aire. No influyó la nacionalidad del goleador, sólo importaron sus goles. La vida de los periodistas esquivó la muerte justamente gracias a aquello que carecía de nacionalidad: el gol. Fue lo universal lo que creó el lazo. El mismo lazo que la nación estaba por romper. Los goles de Hugo Sánchez suspendieron por unos minutos el pensamiento nacional, político y religioso. Los goles generaron la hermandad que no generan las banderas. Cuando se descargaron las metralletas, los soldados y los periodistas, tan iguales y tan diferentes, dejaron de ser patriotas por unos minutos para ser paisanos por el resto de los días.

Solo el gol nos hará libres. A veces, como en mundiales anteriores, si el fútbol propone empates, si defiende, calcula y especula, hay que quedarse sin equipo. Quedarse solo en la mitad de la nada, quedarse sin colores en la mitad de las hinchadas, quedarse sin balas en el fuego cruzado, es el precio que hay que pagar para mantener vivo ese juego llamado fútbol. Para que siga siendo un juego. Si adentro de la cancha no hay nadie que proponga, que fabrique alegrías y genere juego, y afuera de la cancha se llena de protestas, entonces, a veces, es mejor que pierdan todos.
 


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